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Miércoles, 20 Abril 2016 11:58

091, veinte años no es nada

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¿Es posible llegar tarde al concierto de una banda que se reúne por primera en veinte años? Sí, se puede. Aunque sea un despropósito y resulte inverosímil, los acordes de la armónica de José Antonio García nos llegaron desde las puertas de la Sala Custom, afanados como estábamos en apurar la última cerveza antes de entrar. Y es que la banda comenzó pronto, apenas pasadas las diez de la noche, la segunda de las dos fechas cerradas con sold out en Sevilla. El espacio abarrotado confirmaba el apetito de un público maduro (quizás más en edad que en comportamiento) por volver a la adolescencia transportados únicamente por el sentido del oído.

Porque contrariamente a aquello que decía la canción de que “veinte años no es nada”, el regreso de la formación fue todo un acontecimiento, además de una experiencia recomendable. Teniendo en cuenta que su repertorio suena como si estuviera recién salido del horno, el directo de los cero rezumó emoción y calidad a partes iguales, especialmente en lo que se refiere a instrumentación. “Palo Cortao”“Zapatos de piel de caimán” y las referencias a Granada de “Debajo de las piedras” inauguraron la noche mientras los gritos de “cero, cero” resonaban continuamente como telón de fondo.

El lado oscuro de las cosas” continuó como un trallazo hasta que “Tormentas imaginarias” y “Nada es real” firmaron una tregua incierta, por lo que tenía de efímera y eléctrica. Dejando de lado el aspecto vocal, algo mermado en algunos aspectos, 091 presentó suficientes credenciales como para recordar por qué fueron grandes. Los diálogos a la guitarra de los hermanos Lapido, en ocasiones doblándose, otras con solos deliciosos, convertían el espectáculo en una suerte de partido de tenis eléctrico. A cada punto le sucedía una ovación. Al final de cada canción, el agradecimiento de José Antonio por tanto cariño.

En el laberinto”“Huellas” precedieron a una emotiva “Nubes con forma de pistola”, más apropiada que nunca en un mundo en el que “sólo llueven balas, por ahora” y con José Ignacio manejando con solera la acústica. La armónica continuó aportando destellos en “Para impresionarte”“Este es nuestro tiempo”, mientras que “La noche en que la luna salió tarde” incendió al público y “Otros como yo”, con los Lapido a dúo y palmas coreografiadas, hizo el número 13 de este trayecto imparable. Tacho GonzálezJacinto Ríos cumplieron con creces su misión en el apartado rítmico.

En la calle” oímos la reconocible voz de Juan Ignacio, presencia constante, esencial e imponente a la izquierda del escenario. La bola de espejos del centro de la sala giraba al mismo ritmo que debió hacerlo en sus tiempos, aquellos en los que Álvaro, un fan ya fallecido, escuchaba “Un cielo de color vino”, que José Antonio le dedicó. En un alarde de romanticismo musical noventero, apareció hasta un mechero encendido entre el público.

La torre de la vela”, con la formación en pleno vuelo, simuló ser el cierre prematuro de una celebración concebida para saldar una deuda amable aunque siempre insatisfecha para con sus fieles seguidores. Dos horas de concierto que finalizaron en algarabía desmedida con José Antonio maracas en mano en “La vida qué mala es”. Y así, con ese mensaje, fue la turba desalojando la sala que acababa de presenciar este reencuentro histórico. Una vez en la calle, alguien profirió cómplice ese último estribillo al aire “¡la vida!”, con la unánime respuesta de los desconocidos que tenía alrededor: “¡qué mala es!”. No será para tanto cuando resulta que los cero han vuelto y, además, están en plena forma.



Elena Gato

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