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Lunes, 01 Diciembre 2014 10:32

Iván Ferreiro: el pop que deja huella

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El artista gallego, que había arrancado su gira en la misma sala un año antes, se despidió de Barcelona con un directo conmovedor, contundente y sobrio

La interminable cola que abarrotaba la entrada de la sala Apolo pareció disiparse en cuanto dieron las nueve y cuarto de la noche, hora en la que la intro empezó a sonar. Muchos, ya dentro, se preguntaron si Iván Ferreiro habría llenado la sala. Pero lo cierto es que el ex Pirata lleva mucho tiempo sin preocuparse por eso. Ya sea en festivales de alto calibre como el Low Festival o llamado a colaborar en directo con músicos de la talla de Quique González, el vigués consigue reunir un número interesante de asistentes. En el recinto no cabía ni la cabeza de un alfiler. Y es que la ciudad condal se ha convertido no sólo en el retiro donde Ferreiro se escapa a grabar, también es uno de los fieles bastiones del gallego.

El concierto arrancaba con “Twin Peaks”, una canción de Val Miñor-Madrid. Historia y Cronología del mundo (2013), su último largo, en la que ha sabido demostrar a sus admiradores que se puede pasar del drama melancólico a la euforia reservada. Una balada donde los sonidos disonantes se entrelazan y la esencia vitalista del último cedé se saca a relucir (“Y caer rendido ante tu cama y descubrir los sitios donde me quiero quedar”). A los seriéfilos empedernidos no se les escaparía ni la más explícita referencia a la serie de David Lynch y Mark Frost.

“Es un puto placer estar aquí”, confesaba el artista antes de interpretar el primer single de su sexto elepé, en perfectasintonía con “Twin Peaks”. El músico vigués     -con una carraspera prácticamente imperceptible- pasaba del júbilo al drama en cuestión de minutos. “El equilibrio es imposible” fue la elegida para rebuscar en el pasado fatalista del cantante. Ración de pop-rock y distorsión melódica para poner la BSO a una historia de amor que no acaba. Mientras, la voz nasal de Ferreiro, que sacaba pecho junto a su inconfundible pose, increpaba al público hasta hacerles gritar eso de “¡Qué caras más tristes, qué caras más tristes!”.

Durante la primera parte del espectáculo el elegante frontman, vestido de traje y chaqueta, dejó claro que había venido a contonearse a ritmo de Val Miñor. “El bosón de Higgs” fue una de esas baladas donde el artista mezcla amor y ciencia-ficción a partes iguales y acierta. Pero también hubo tiempo para sacar del baúl de los recuerdos aquel segundo trabajo, Las siete y media (2006), en el que su hermano Amaro y él estaban pletóricos. “Me toco tirar” y “Díaz azules” fueron las escogidas. Atentos a la pegada de Xavi Molero, un audaz batería que ha trabajado con Egon Soda, Love of Lesbian o Zahara entre otros.

Uno de los momentazos de la noche llegó con “Abrázame”, una particular revisión del clásico de Julio Iglesias. Esta canción podría pasar desapercibida en uno de los primeros discos de Ferreiro, el cual se transforma en actor en cuanto sube a un concierto. Para él es su hábitat, una especie de mundo paralelo en el que se mueve como pez en el agua. “Esta canción me gusta mucho porque habla de mi pueblo”, recalcaba el vigués mientras presentaba “Chainatown”. Una bonita joya en la que la contundencia instrumental, que se apoya en la línea de guitarra, no le restó ningún protagonismo a la voz.

La segunda referencia de la noche a una serie vino de la mano de “Cómo conocí a vuestra madre”, uno de los mejores temas del último compacto del gallego. Después también captaría la atención del público las perlas que soltaría Iván en “El fin de la eternidad” (“Todos los finales son fatales si no sabes que vendrán”) o la corrida instrumental que se marcarían los agudos músicos en “Alien vs predator”. Sin embargo, el ritmo del directo había bajado considerablemente. Menos mal que Ferreiro y los suyos supieron espabilar a los asistentes con himnos generacionales como “Años 80”, en el que un horrible eco al principio empañó parte de la obra de Los Piratas. El que fuera adalid del indie en los noventa tampoco se olvidó de “NYC”: juventud, amor y verano hecho canción.

“¿Qué tema queréis que versione?... ¡Me parece a mí que vosotros queréis decidir demasiado por vosotros mismos!”, exclamaba un cachondo Iván Ferreiro, deseoso de tocar un par de versiones. “Leñador y la mujer América” de Zahara (¡esta no es un canción que se deba tocar únicamente con el teclado!), “Vidas cruzadas” de Quique González (a ésta si el quedó bonita el piano) y “1999” de Love of Lesbian fueron las encargadas de calentar las cuerdas vocales de un público ávido por escuchar temas insignes.

No tardó en llegar la mítica, esa que muchos recuerdan en boca de un jovencísimo Iván durante la época Piratas. “Promesas que no valen nada” estaba sonando. Pero antes del adiós definitivo, el de Vigo se despediría con “Insurrección”, un clásico de El Último de la Fila. La sensación de vacío con la que se toparon muchos al pisar la calle fue indescriptible. Y no sólo por el frío. Ferreiro y los suyos habían marcado a sus incondicionales para siempre.

Por Isa Vargas López
Fotos: Dolo Poyato,@Dolopb

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